Teia Ferrarons es una persona de convicciones claras y firmes. Sus abuelos tenían un pequeño huerto donde cultivaban verduras para el autoconsumo. Ella no dejaba escapar la oportunidad de acompañarlos, trabajar con sus herramientas y cuidar la tierra. Cree firmemente que el fuerte aprecio que tiene por la naturaleza, los animales y el medio ambiente es vocacional. Este anhelo la ha movido a llevar un estilo de vida muy arraigado a la sostenibilidad, la ecología y el territorio de La Garrotxa.
Teia Ferrarons, en el Servicio de Atención al Visitante (SAV), con los productos que elaboran en la sección de mermeladas de La Fageda
La idea de ganarse la vida cultivando sus propios productos sin perjudicar el entorno siempre le ha gustado. Estudió un módulo agropecuario de formación profesional, pero la agricultura ecológica, el sector que siempre la había apasionado, presentaba grandes dificultades laborales. El espíritu optimista y la capacidad de adaptarse a los cambios, la llevaron a asumir nuevos retos: primero, cambiando la agricultura por los viveros forestales de La Fageda y después, adentrándose en el mundo de las mermeladas.
Ahora ya hace más de 30 años que forma parte de nuestro proyecto social. Hoy conocemos la valoración que hace de todo este tiempo, sus vivencias y lo más importante, descubrimos una persona con un gran corazón y con unas ganas inmensas de ayudar a los otros.
¿Cuándo y cómo empieza tu historia en La Fageda?
Hoy en día todavía es difícil trabajar en el sector de la agricultura ecológica, a pesar de que puedes encontrar algunas salidas, pero en aquella época era muy difícil dedicarse profesionalmente en este ámbito. Era muy joven, tenía que encaminar mi vida y vi que era un sueño que no se podría hacer realidad. Coincidió que en los viveros forestales de La Fageda estaban buscando un monitor. Dado que venía del mundo agrario, pude entrar a trabajar bajo la gestión de Enrique Núñez, que era el encargado de esta sección.
Los primeros años de Teia Ferrarons en La Fageda durante una nevada
El vínculo con el territorio es uno de nuestros valores innatos. ¿Este fue uno de los puntos que te empujó a formar parte de La Fageda?
Sí, estoy enamorada de La Garrotxa. Siempre que me voy y después vuelvo por aquí, se me ensancha el corazón. Es una tierra donde hay valles, zonas de bosques y paisajes muy bonitos. Cuando se me planteó trabajar en La Fageda, fue muy alentador. Los viveros estaban situados en medio de La Fageda d’en Jordà, un sueño de bosque y, además, era un proyecto social. Era mi primera experiencia profesional con personas en situación de vulnerabilidad. Actualmente, estoy habilitada como educadora social.
¿Cómo eran los viveros forestales?
Contábamos con varios invernaderos, que ocupaban el actual aparcamiento, la zona del Servicio de Atención al Visitante (SAV) y el espacio del Servicio de Terapia Ocupacional. Hacíamos planta en maceta y en bolsa y también, trabajábamos con planta en bandeja, un sistema llamado Forest Pot que había patentado La Fageda. Se trataba de una bandeja que tenía diferentes capacidades y que hacía que las raíces no se enredaran entre ellas.
En los mejores tiempos de los viveros, llegamos a producir cerca de tres millones de plantas y éramos entre 25 y 30 trabajadores. Se convirtieron en unos de los mejores de España, vendiendo en todo el estado y puntualmente, exportando en las Islas Canarias, Portugal e Italia. Producíamos plantas autóctonas para reforestar, pero también hacíamos plantas de bellota.
El antiguo equipo de personas que se encargaban de gestionar el vivero forestal de La Fageda, con el que trabajaba Teia Ferrarons
El negocio de los viveros forestales fue decreciendo…
Enrique y Cristóbal, fundador y presidente, innovaban continuamente. Durante mucho tiempo el vivero fue el motor del proyecto social, pero por una suma de factores, el negocio fue en declive e hizo inviable el vivero. En aquel momento, pero, ya había en pie la fábrica de yogures y la actividad empresarial principal se centró en esta sección. Lo viví con tristeza, pero ahora pienso que fue una etapa y se tenía que acabar. La Fageda siempre va adelante.
De los viveros, a hacer mermeladas. ¿Cómo se te presentó este cambio de rumbo?
Cristóbal siempre tiene ideas brillantes y se le ocurrió hacer mermeladas, con Antonio López de encargado. La mayoría del equipo que trabajábamos en los viveros pasamos a la sección de mermeladas, manipulando frutas, y otros, a etiquetado.
Este cambio de rumbo me gustó mucho. No había hecho nunca una mermelada, pero me entusiasmó la idea de trabajar y cocinar la fruta y la verdura. Era un trabajo que podía ser muy terapéutico y alentador. Además, Antonio es una persona muy trabajadora y es capaz de hacer cualquier cosa que se proponga. Para formarnos fuimos a algún taller de mermeladas y también, visitamos el Museo de la Confitura, en el Baix Empordà.
¿Fue un reto para ti este cambio?
Sí, con cualquier cambio siempre hay nervios e inquietud por ver como irá, pero nos sentíamos muy bien acompañados por Antonio. Es una persona que le gusta hacer las cosas muy bien hechas y facilitar el trabajo a los otros. Sabíamos que estábamos en buenas manos. El trabajo era nuevo, pero nos conocíamos todos y nos lo tomamos con ganas e ilusión. Con el tiempo vi que trabajo en una fábrica de felicidad. La mermelada es un producto que se come cuando estás bien, tienes tiempo y eres feliz.
Durante los primeros años de esta sección, Teia Ferrarons y el resto del equipo preparaban las mermeladas en una antigua cocina de La Fageda
¿Cómo fueron los primeros años en la sección de mermeladas?
Al principio hacíamos mermeladas para maridajes y productos gourmet. Empezamos con 4 fogones y cortando la fruta a mano. Después compraron una pequeña máquina manual para cortarla y finalmente, una de eléctrica. No teníamos congeladores y empezamos tapando las mermeladas a mano, aunque más tarde se compró una máquina de envasado que limpia, desinfecta, envasa y tapa los botes. Poco a poco, el proyecto de mermeladas fue creciendo y cuando empezaron las obras de ampliación de La Fageda, se decidió que hubiera una fábrica, con salas más grandes, mejor condicionadas y con 8 fogones.
Cuando entró María Güell como responsable, empezamos a hacer las mermeladas actuales. Es muy emprendedora, trabaja con sentido del humor y mirando mucho por los trabajadores. Se están haciendo muchos avances: ahora ya tenemos 16 fogones, disponemos de unos toldos para protegernos del sol mientras cocinamos, etc.
¿Cómo es tu día a día?
Mi trabajo es organizar la sección de trinchado de fruta. La dejamos pesada en bidones de 12 kilos para incorporar en las cazuelas. Después, me sumo a la sección de cocina donde comprobamos el nivel de azúcar y el tiempo de cocción. Una vez hecha, cogemos las cazuelas y se vuelcan en un tanque a una temperatura de 80 – 90 °C. Hay un aspa que va removiendo la mermelada y poco a poco va cayendo en los botes. Finalmente, lo ponemos en una cámara frigorífica.
Después de las cocciones, empieza el proceso de precocción para el día siguiente, que consiste en añadir agua y azúcar al producto y cocerlo un poco. Por la tarde, desinfectamos la máquina y limpiamos el suelo y las superficies donde manipulamos los alimentos. Este mes de octubre, durante 3 días, hemos cocido 48 cazuelas cada día. ¡Es un nuevo récord para la fábrica de mermeladas!
Teia Ferrarons, en la fábrica de mermeladas de La Fageda
¿Cuáles son para ti los puntos más importantes que se deben tener en cuenta a la hora de acompañar a personas en situación de vulnerabilidad?
Mermeladas es un espacio donde se pueden sentir muy realizados, cuidados y escuchados. Son conscientes que hacen un producto de calidad y que forman parte de un equipo. Pueden hacer diferentes tareas según sus capacidades, son trabajos rotativos y se pueden ir adaptando. Trabajan con música y les proporcionamos un espacio de diálogo, que es muy terapéutico. A la hora de acompañar a personas en situación de vulnerabilidad, es fundamental ser claros y crear vínculos y complicidad, para comunicarte fácilmente con ellas y para conocerlas en profundidad.
¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
Para mí es muy importante la gente, más que el trabajo. Somos un proyecto empresarial que elaboramos productos para ayudar a las personas. Todos los monitores y los profesionales de La Fageda estamos muy mentalizados con este enfoque.
¿Qué grandes aprendizajes destacarías?
Cuando entré, no sabía nada de la asistencia a las personas en situación de vulnerabilidad. Carme Jordà, cofundadora de La Fageda y directora asistencial, ha sido uno de mis referentes para entender las enfermedades mentales. Desde que entré, no he dejado nunca de formarme.
La Fageda es un aprendizaje continuo. He aprendido a trabajar con personas con dificultades, pero también he aprendido de mí misma. Si trabajara en otro lugar, no sé qué persona sería, pero seguro que no sería la misma. Lo mejor es ver las pequeñas satisfacciones del día a día: mejorar la vida de las personas es lo que da sentido a La Fageda.
¿Qué es lo que te ha provocado más sorpresa de La Fageda?
Lo que me ha sorprendido más es la capacidad de algunas personas de darlo todo, de su trabajo y de su vida. Hablo de Cristóbal, Carme, Enrique, Antonio, Bartomeu, Rosa… Han puesto todos sus esfuerzos sobre la mesa. La Fageda es el esfuerzo enorme de muchas personas que se dejan la piel en el proyecto.
Algunas de las personas que han pasado por la sección de mermeladas de La Fageda con Cristóbal y Carme
¿Cómo definirías el proyecto?
La Fageda es un proyecto social emprendedor, con un producto final de mucha calidad, pero que pone por delante las necesidades y el bienestar de las personas.
Si no trabajaras en la sección de mermeladas, ¿de qué equipo te gustaría formar parte?
Del SAV. Hacen un trabajo impresionante: abren las puertas de La Fageda y enseñan a la gente como trabajamos. Salen compradores fieles, gracias a ver en primera persona el proyecto.
Tienes un vínculo muy fuerte con los animales, en especial con tu perro. ¿Cómo describirías la relación que tienes con él?
Me gustan mucho los animales. Rai es un pastor Beauceron y tiene 11 años. Es un perro muy bueno, tenemos un vínculo muy fuerte y lo quiero mucho, forma parte de mi familia. Yo lo cuido a él y él a mí. Con él voy a lugares que no me atrevería a ir sola. Le dedico buena parte de mi tiempo libre. Una de las cosas que me hacen más feliz es salir con Rai, hacer fotos y mirar pájaros, reptiles y anfibios con los prismáticos. Subo las imágenes a un perfil de Instagram que creé: @teiaferrarons. También me gusta mirar películas de crecimiento personal u otras culturas.
El perro de Teia Ferrarons, Rai, es un pilar fundamental para ella
¿Cómo te gusta combinar las mermeladas y cuál es tu producto favorito?
Con un cruasán, con margarina o yogur vegetal, con una tostada, con un panettone de pasas, con un poco de brioche… ¡Y la de tomate, con algún queso! Ahora soy vegetariana, pero cuando comía proteína animal mi yogur favorito era el natural. Pienso que ninguna otra empresa lo hace como nosotros, por su textura, cremosidad y acidez. Y también, me gustaba mucho el helado de nueces de macadamia, es una delicia.
¿Cómo ves el proyecto en la actualidad?
La Fageda tiene vida por muchos años, siempre está innovando. Es un proyecto empresarial que saldrá adelante. Espero que por más años que pasen, no se olvide nunca la esencia y las bases del proyecto, que no se pierda la parte humana.
¿Te ves jubilada en La Fageda?
¡Me gustaría mucho! Es un proyecto muy importante para mí. Ninguna empresa sería como La Fageda a la hora de trabajar, me da satisfacciones como persona y como trabajadora.
A lo largo de la entrevista he dado las gracias a Carme, pero también quiero hacer un agradecimiento especial a Enrique porque a su lado aprendí a trabajar y a ser responsable; a Antonio, por haberme dado las bases para estar a la sección de mermeladas; a María, por hacernos crecer sin perder el sentido del humor; y, a mis compañeros, Aniol Monells y Carla Campanya.
Eva Güibas, periodista. La Fageda.