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Enrique, la historia de 30 años de entrega y lealtad del hombre que dice que La Fageda es un estilo de vida y que ahora emprende otro camino


30 abril, 2019

 

Enrique con sus dos hijos, Raül y Berta, en una imagen de sus primeros tiempos en La Fageda

 

Decía el poeta libanés Khalil Gibran que “trabajar con amor es construir una casa con afecto, como si un ser querido fuera a habitar en esta casa”. Esto es lo que ha hecho desde el primer día que pisó la finca para entrar a trabajar en La Fageda y hasta hoy, último día de su vínculo profesional con el proyecto. Y lo ha hecho durante 30 intensos años. Llegó cuando tenía 30 y se desvincula laboralmente tres décadas después.

 

El hombre que sostiene que La Fageda es “un estilo de vida” porqué no es sólo un trabajo, “es una manera de vivir, y en este modo de vivir entran el compromiso, los sentimientos…” emprende un nuevo camino en su recorrido vital. Enrique Núñez de Arenas, uno de los históricos y una de las almas del proyecto, consciente de que las leyes biológicas condicionan los ritmos y los tiempos de nuestras energías, empezó a preparar su relevo hace un par de años.

 

No se va de La Fageda porqué desde el día que “entré no he salido nunca más”. A sus sesenta años deja el trabajo para dedicar mente y cuerpo a una vida más calmada, donde no faltarán sus rutas en solitario por alguno de los tramos del camino de Santiago o excursiones a cualquier montaña de los Pirineos, esta montaña que junto a La Fageda es su hábitat natural. Y cuando sienta añoranza del lugar donde durante  media vida ha vertido toneladas de entrega, compromiso, dedicación y estima, vendrá a dar un paseo y seguramente si es necesario, aun estirará las orejas a algún conductor si le pilla aparcando mal en la finca. El enfado le durará segundos; un instante después saludará a alguien con esa sonrisa azul que tanto le caracteriza.

 

Tenía 17 años cuando con su familia, padres, abuela y hermanos – él es el mayor de 9 – hicieron  las maletas para dejar Daimiel (una población de Castilla-La Mancha) y establecerse en Vilassar de Mar. Ahí llegaron un sábado de mayo de 1976, y el lunes siguiente, Enrique ya trabajaba en unos campos de claveles. Poco tiempo después defendió su salario en una empresa de jardinería y mira por dónde, que allí descubrió su vocación. Y más tarde en un vivero de planta ornamental. Y aquel aprendiz, “el nano” le decían, asumió a 25 años la responsabilidad del vivero al jubilarse un compañero.

 

Cinco años después, a los treinta, casado y a punto de ser padre, Cristóbal Colón, que tenía en mente montar un vivero de planta forestal en La Fageda, le propone que deje el Maresme y se instale en la Garrotxa para sacar adelante este vivero. En un primer momento y por su situación familiar, Enrique dijo que no. La conversación tenía lugar en julio, pero a mediados de septiembre se incorporaba a La Fageda. Ya se sabe,  Cristóbal “no se rinde nunca y con él las aventuras tampoco nunca se acaban.”

 

Y de la aventura del vivero a la aventura de hacer yogures que con el tiempo tomaba forma con Enrique dirigiendo la planificación y la producción; pero también y a la vez, supervisando todas las actividades productivas, la sección de jardinería, la granja, el cuidado de la finca, y todo lo que hiciera falta, como retirar la nieve del camino los días de intensas nevadas o plantar árboles que hoy se alzan orgullosos cerca de la masía. Compromiso y entrega en estado puro. Y ¡ay! ¿Qué hacemos en los momentos difíciles y complicados? Pues “No te rindas” como canta Maná, uno de sus grupos favoritos.

 

Haciendo un símil futbolístico Enrique sería el capitán del equipo que siempre con la camiseta arremangada la suda durante los noventa minutos por su identificación con los colores y que rechaza cualquier propuesta de incorporarse a otro club por más atractiva que sea la oferta económica. “En una guerra sería la primera persona que elegiría como compañero” dijo en una ocasión  Cristóbal, al cual les bastaron estas palabras para definir en medio de una conversación que significa compromiso y lealtad.

 

Nada sorprendente pues, que por todo esto y por muchas otras razones, en la cena de Navidad que reúne todas las personas de la casa, y bajo la batuta de Carme Jordà, los compañeros de trabajo le rindieran una noche inolvidable. Nada sorprendente que hoy al  mediodía, el foco de una cámara haya querido inmortalizar sonrisas y abrazos en agradecimiento a tantos momentos compartidos. Un más que merecido homenaje que guardará en la memoria como un regalo impagable, como impagable ha sido su trabajo en un lugar que siempre será su casa.

 

Ester Carreras

 

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