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Antonio López, 36 años en La Fageda: ‘Crecer es aprender a agradecer’


22 diciembre, 2020

antonio lópez

 

El protagonista de hoy ha vivido La Fageda casi desde sus inicios y se siente muy afortunado por ello. Se sumó al proyecto en 1984 como monitor de fin de semana y de la primera residencia, y ha pasado por diferentes departamentos, como el servicio de atención al visitante o el obrador de mermeladas. Actualmente es el coordinador del proyecto de horticultura El Rebost de La Fageda o, como nos dice él mismo, un facilitador.

 

Nació en Barcelona en 1959 y en plena adolescencia vio como se hundía la dictadura y se iniciaba una etapa de libertad que lo llevó al asociacionismo, la implicación política dentro de partidos de izquierdas y el mundo social. Empezó a estudiar medicina y de hecho llegó hasta cuarto e hizo las prácticas en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona. El interés por los temas sociales también protagonizó su vida desde bien joven.

 

Empezó trabajando en diferentes esplais y centros de menores de la capital catalana y la vida lo llevó después hacia Olot, donde enseguida descubrió y se enamoró de La Fageda. Sus palabras siempre son de agradecimiento hacia el proyecto, los fundadores, Carme y Cristóbal, y sus compañeros, por el gran enriquecimiento personal que le han facilitado.

 

Cuando no está por la finca le gusta ir en bicicleta, leer, el cine, cocinar (más para los demás que para él) y, sobre todo, disfrutar de sus hijos, Júlia y Manel, de su pareja y de la familia. Casi cada fin de semana baja a Barcelona para cuidar de su madre.

 

En las siguientes líneas os acercamos la trayectoria de Antonio López y algunas de las anécdotas más divertidas que ha vivido aquí.

 

Háblanos un poco de tus orígenes. ¿Cómo recuerdas tu infancia en Barcelona?

Nací en Barcelona en 1959, en el barrio ‘chino’ [actualmente El Raval], en una zona relativamente conflictiva. Quizás por eso no hacía demasiada vida en la calle, sino que estaba por casa, vida familiar. No es como ahora, que nuestros hijos se traen a los amigos a casa, o se van a casa de los amigos, antes te veías con ellos en la escuela y ya está. Yo iba a los Escolapios, al lado del mercado de Sant Antoni. A esta escuela llegaban alumnos de toda Barcelona, así que era un centro divertido, complejo… Y también era duro, como la mayoría en aquella época… Te pegaban con la regla en la mano o te podían tirar el borrador de la pizarra en la cabeza.

 

 

 

Aquello que decían que ‘la letra, con sangre entra’.

Sí, había castigos físicos. Era habitual en aquella época y no le dábamos demasiada importancia. Muchos de los profesores habían sido militares. Después, cuando terminó la dictadura, yo tenía 16 años y hacía COU, y viví un cambio de paradigma muy importante y empezaron a entrar ya profesores de verdad, con vocación y profesionales. Además, también empezó la escuela mixta. Hasta aquel momento chicos y chicas estábamos separados. Fue una etapa de una extremada alegría, con cambios políticos y culturales muy importantes, y el momento de redescubrir a las chicas y tener la primera novia.

 

¡Qué liberación!

Fue una etapa muy efervescente. Yo empecé a estudiar medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona, y recuerdo que estábamos más en el campus que en las aulas. Había una movida político-social muy importante y lo que tocaba era estar en las asambleas. Así me empecé a interesar por temas sociales y entré en los esplais. Primero estuve en uno de católico que no me acababa de convencer, y luego estuve en otro con presencia de familias obreras, y con chicos con problemáticas de delincuencia y otras. Este me gustó mucho, y lo estuve coordinando un par de años. Aprendí muchísimo y fue una gran experiencia que me introdujo de pleno en el ámbito más social. Iba poco a clase, pero normalmente lo iba aprobando todo.

 

¿Y a nivel político también estabas implicado en algún movimiento?

Era muy rojo, simpatizaba con en el PSUC y estaba metido en todas las manifestaciones, y vinculado a personas con mentalidad de izquierdas. A veces esto también jugaba en mi contra. Cuando escogí las prácticas de tercero en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, que en aquel momento era el más importante a nivel dogmático y el que me ofrecía más posibilidades de aprender, vi que la dirección y los profesionales eran extremadamente de derechas. Y yo que era un ‘progre’, con una melena que me llegaba hasta media espalda, no pintaba demasiado allí dentro…

 

¿La política te acabó distanciando de la medicina?

No lo sé, quizás sí afectó. Cuando terminé cuarto de carrera decidí hacer un paréntesis y hacer la mili. Había ido pidiendo prórrogas pero ya no lo podía demorar más. Por sorpresa, cuando me hicieron la última revisión médica, me dijeron que no podría ir por culpa de mi miopía.

 

 

 

¡Qué suerte!

Tenía más dioptrías de la cuenta. Me hizo muchísima ilusión que me dejaran por inútil. El problema fue que ya no me pude reenganchar en medicina porque había terminado el plazo de matriculación. Decidí no estar parado y estuve trabajando de mil cosas diferentes: vendiendo libros, instalando antenas de traducción, mecanografiando traducciones de libros de medicina… Y a nivel social seguía con los esplais y haciendo suplencias en el centro de menores. Al año siguiente, cuando llegó el momento de matricularme de nuevo en medicina, estaba ya tan fuera de la carrera y tan metido en todo lo otro, que no lo hice… Mi pareja también estudiaba medicina y ella sí terminó los estudios.

 

¿Y en qué momento vienes para la Garrotxa?

Pues fue justamente a través de mi pareja. Ella encontró un trabajo aquí y nos vinimos a vivir a Olot en el 1984. Aluciné mucho porque en Barcelona nunca conseguí un trabajo estable y aquí al día siguiente ya tenía un contrato en una empresa de electricidad.

 

Tu camino te esperaba aquí entonces.

Fue increíble por fin tener un contrato. Fue en esa empresa que me hablaron de La Fageda y me generó tanto interés que no pude evitar acercarme hasta su sede, en la plaza del Carmen de Olot. Hablé con Cristóbal [fundador de La Fageda] y le dije que podían contar conmigo si les podía ayudar en algo.

 

Y vinieron a buscarte.

Sí. Lo mejor de todo fue la manera de localizarme. En aquella época no teníamos teléfono móvil y yo tampoco tenía fijo en mi casa. Cristóbal sabía en qué barrio vivía pero no tenía ni idea de qué casa era. Pues se dirigió hasta allí y ante la duda escuchó una música que le era familiar. Él es de Zaragoza y mi padre también, y los dos escuchábamos cantautores como Labordeta. Ese día en mi casa estaba sonando justamente Labordeta y Cristóbal lo escuchó desde la calle. Se acercó, picó al timbre y acertó. No sé si él recuerda esta anécdota pero fue realmente divertido.

 

Esa relación de colaboración prometía.

En ese momento Cristóbal me dijo que no me podían ofrecer nada en concreto, pero que necesitaban a alguien que de alguna manera pudiera acompañar a los chicos del proyecto durante el fin de semana, para que no quedaran tan descolgados. Me gustó la idea y empecé a reunirme con ellos, a veces íbamos a jugar a cartas a algún bar, otras salíamos de excursión con la furgoneta… De esta manera nació la idea de crear la residencia de La Fageda.

 

Justamente este año celebramos los 35 años de historia de las residencias de La Fageda. ¿Cómo recuerdas su origen?

La primera solución que encontramos fue que se alojaran en una pensión en Olot. La regentaba Trini, una señora octogenaria maravillosa. Gracias a su gran corazón nos permitió usar algunas de las habitaciones. No fue fácil, ya que algunas personas eran conflictivas y le generábamos demasiados problemas. Entonces optamos por alquilar un piso. Nos costó pero al final encontramos uno y eso para mí supuso entrar ya de forma estable a trabajar por La Fageda como monitor de la residencia.

 

Esta primera etapa de La Fageda debió ser muy enriquecedora.

Sí, teníamos un gran camino por recorrer, muchísimas cosas por hacer, y todos hacíamos lo posible, luchábamos a diario para que esto saliera bien. Teníamos a Cristóbal, gran emprendedor, lleno de ideas, con una sabiduría estratégica brutal y sin ningún miedo, y a Carme, gran conocedora de la naturaleza de las personas y con una habilidad impresionante para hacer crecer a la gente.

 

Formaban un tándem fantástico y gracias a ellos esta empresa es lo que es. De hecho yo, si tuviera que poner mi vida en manos de alguien, esa persona sería Carme Jordà. En honor a la verdad, también se peleaban constantemente en las reuniones, era muy divertido, pero su relación ha levantado La Fageda. Realmente no teníamos nada y lo queríamos todo. Así este proyecto se fue convirtiendo en una parte esencial de mi vida.

 

 

 

¿Era más que un trabajo?

Sí, yo tenía mi vida familiar disfrutando de mi pareja y de mis hijos, y estaba a la vez muy implicado con el proyecto. A veces no fue fácil compaginar las dos cosas. Pero La Fageda me necesitaba y a día de hoy, haciendo balance de todo, me siento muy agradecido porque fue una etapa muy enriquecedora. Para mí, crecer es aprender a agradecer y yo quiero agradecer todo a La Fageda. Creo que esta empresa nos aporta mucho a todos nosotros y, como modelo, también a toda la sociedad.

 

¿Cómo definirías La Fageda?

Es un espacio donde la gente puede desarrollar sus capacidades con un acompañamiento directo y eficaz, donde se hace un traje a la medida para cada persona. Lo que hacemos es aportar a cada uno lo que necesita para que pueda funcionar mejor, aprender y dar lo mejor de sí mismo. Esto pasa en el Centro Especial de Trabajo pero también con el resto del personal. Yo tengo la sensación de que a mí también me han hecho un vestido a medida para que pueda aportar lo mejor de mí. Por eso me siento tan agradecido. Esto ha funcionado desde el principio y creo que lo sigue haciendo, aprovechando ahora las herramientas que nos ofrecen las tecnologías. Y si seguimos así, La Fageda funcionará durante muchos años más. Ojalá muchas empresas tuvieran este tipo de paradigma, con un engranaje tan potente entre la parte productiva y la social y un clima de trabajo tan sano.

 

También te diría que no somos una empresa para personas con discapacidad, sino con capacidades diferentes. Recuerdo a Rosario [una de las primeras personas atendidas por La Fageda]. Ella tenía unas capacidades y habilidades sociales brutales, mucho mejores que las mías, me daba muchas lecciones [se ríe]. Cada uno tiene sus propias capacidades y me gusta verlo así. Tenemos que conseguir que afloren para que las personas ganen así en autoestima. Porque cuando alguien tiene autoestima es el rey del mundo. Por eso es tan importante que primero nos cuidemos nosotros para que podamos después cuidar a los demás.

 

¿Cuál ha sido tu evolución en La Fageda?

Empecé estando en la residencia y luego Cristóbal me propuso poner en marcha un departamento de organización. Entre otras cosas, nos encargábamos de la comunicación interna y externa. Editamos la primera revista interna de La Fageda y también empezamos un conjunto de actos promocionales para dar a conocer nuestros yogures. Al principio nos desplazábamos con algunas de las vacas por las principales ciudades catalanas y regalábamos yogures a la gente y luego decidimos darle un giro a la estrategia y en lugar de salir nosotros apostamos porque la gente nos viniera a visitar a la granja. Nació así el primer servicio de atención al visitante, que se llamaba Fageda Tours.

 

 

 

Después pasé por el departamento comercial, donde me ocupaba de trabajar con los distribuidores para que los productos llegaran a los puntos de venta, y más adelante creamos el Taller Dit i Fet para personas del Centro Especial de Trabajo que necesitaban un ritmo menos exigente. Allí nació la idea de producir mermeladas. El obrador fue creciendo poco a poco hasta convertirse en el actual y yo era el responsable. Hace unos años cedí mi puesto a Maria Güell, que lo coordina de forma increíble, y yo me puse al frente del nuevo proyecto de horticultura para el Servicio de Terapia Ocupacional [STO].

 

Un proyecto nuevo y también muy exitoso.

Es un nuevo concepto dentro de STO. Lo que hemos hecho ha sido abrir puertas para que las personas de Ocupacional puedan colaborar de una manera activa en las actividades productivas de la casa. Lo hacen aquí y también en el etiquetaje de las mermeladas. Para mí es un privilegio poder estar en este departamento, sobre todo teniendo en cuenta que no había plantado una patata en mi vida.

 

¿Cuál es tu tarea en el huerto?

Pues más que un coordinador soy un facilitador e intento que cada persona pueda ser el máximo de autónoma posible. Si hay alguna labor que es más difícil de realizar, pues intento buscar la manera de facilitarla.

 

 

¿Qué productos tenéis en el huerto este invierno?

Acabamos de plantar habas y en marzo ya las empezaremos a recoger. Ahora nos quedan los últimos brócolis y coles de Bruselas y también tenemos lechugas, acelgas y rábanos. Hacia finales de enero empezaremos a sembrar los tomates y en marzo los podremos ya plantar en las jardineras. De cara al verano, intentaremos tener pimientos y por primera vez diferentes variedades de berenjena. Haciendo balance del último año, decirte que estamos muy contentos. Solo por ponerte un ejemplo, hemos recogido más de 1.200 kg de tomates, que se han vendido todos en el Rebost de La Fageda. Todos nuestros productos son ecológicos y es muy satisfactorio que la gente de la casa se pueda beneficiar de ello.

 

¿Cuál es tu producto Fageda favorito?

El yogur natural. Fue el primero que hicimos y es el que más me gusta. Después también el bífidus natural, el natural sin lactosa y la crema de chocolate.

 

¡No te pregunto en qué otro departamento estarías si no fuera el huerto porque ya has estado casi en todos! ¡Gracias, Antonio!

La verdad es que en esta casa he hecho muchas actividades diferentes, y la mayoría las he empezado sin tener ni idea… Esto por un lado puede ser un poco estresante pero por el otro es brutalmente enriquecedor. He partido muchas veces desde cero y estoy orgulloso de que los proyectos hayan salido bien. Me siento afortunado y a veces pienso que debería pagarle yo a La Fageda en lugar de ella a mí.

 

Víctor de Paz

Periodista y Guía de La Fageda

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Ha vivido La Fageda casi desde el principio y se siente
muy afortunado. Se sumó al proyecto en los 80, fue
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varios departamentos. Ahora coordina el proyecto El Rebost.

 

 
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